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Ciencia y recuerdos de niñez en el pregón de José Pedro Cerón Carrasco

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Pregón de la #FeriaAlhama2019 a cargo de José Pedro Cerón Carrasco:

"Queridos vecinos, queridas vecinas. Este año, más que un pregón,  os propongo un diálogo científico. Y aunque me gustaría ser poeta como nuestra Magdalena para hacerlo en verso, al final nos quedó en prosa. Así que empecemos.

Aquí tengo dos botellas. Como veis una está llena hasta arriba mientras que la otra está solo medio llena. Bueno, o medio vacía, según lo optimista que sea cada uno. Aprovechando la altura de este homenaje, las voy a lanzar desde el balcón. Tranquilos, no pasa nada, que no hay peligro… para aquellos que estáis allá atrás. 

Pero antes de hacerlo, y como se trata de un experimento riguroso, nos tenemos que preguntar ¿qué botella llegará antes al suelo? Tenéis que levantad la mano los que pensáis que va a llegar primero la botella que está llena. Venga, venga. No seáis tímidos, que en ciencia no cabe ni la indiferencia ni la abstención. A ver, muy bien, muy bien. 

Estoy seguro de que los que creen que llegará primero la botella llena lo hacen siguiendo una lógica, en principio, aplastante: la botella llena pesa más y, por tanto, caerá más rápido. De hecho, es lo mismo que dijo un personaje que os sonará: Aristóteles. 
- La botella llena caerá el doble de rápido – diría.
- Pero Aristóteles ¿lo has medido?
- No, es así porque lo digo yo y punto – contestaría.

Bien, solo nos queda comprobadlo. Me tenéis que ayudar con la cuenta atrás. Vamos allá: 3, 2, 1…

Esto después lo amigos de TeleAlhama lo ponen en cámara lenta y queda la mar de bien. Pero los valientes que se han quedado más cerca podrán decir a los demás lo que ha visto: que las dos botellas han llegado al suelo a la vez. Y esto pasaría igual por más alto que nos subiéramos.

Aristóteles era un gran filósofo, pero un pésimo científico, y no tenía razón. No solo eso, sino que hizo que todo el mundo creyera en algo que no era cierto durante un montón de tiempo ¿Os dais cuenta? Si lo dice Aristóteles tiene que ser verdad… ¡pues no! Cuántas veces nos pasa esto hoy en día. Y así de equivocados seguimos hasta que alguien tiró dos botellas desde un balcón. Más o menos. Y no, no fui yo. Si me hubieran invitado antes a dar el pregón, se habría resuelto el dilema hace tiempo.

Quien se subió más alto fue Galileo, que era, además de curioso, un gran músico como Constantino, y como no tenía cronómetro usaba las corcheas y blancas de un laúd para medir el tiempo. Por increíble que parezca, pasaron unos 2000 años para que llegara una persona sin miedo a decir en voz alta aquello que tantas veces hacemos cuando somos niños, pero que luego vamos olvidando: preguntarnos por qué.

Cojo ahora prestadas unas palabras de un libro fantástico, “El Principito”: todas las personas mayores han sido niños, pero pocas lo recuerdan. Para remediarlo, el resto de este modesto pregón os lo dedico a todos vosotros, queridos vecinos, pero no ahora, sino cuando erais niños.

Con esta condición, ya podemos seguir con nuestros experimentos. Para el siguiente os pido que cerréis los ojos. Venga, que esto solo funciona si los hacéis de verdad. Ahora, buscad el primer recuerdo que tengáis de la feria. Nos toca hacer memoria. Os dejo unos segundos. ¿Lo tenéis? Guardadlo bien y regadlo como si fuera una rosa. Mientras os cuento los míos, que vienen de 70 años atrás. Sí, sí, habéis oído bien. Yo me acuerdo de la feria de los años cincuenta, y de los sesenta, setenta… porque la he vivido con los ojos de mis padres, cuando eran como nosotros, es decir, niños. 

Os cuento. De mis abuelos, unos vivían en la Boquera con mi padre Pedro y mi madrina Juana, donde salían a trabajar andando allá donde hacía falta. Mis otros abuelos en el desvío con mi madre Paquita y mi tío Ginés, poniendo y quitando la barrera del tren. Pero, aunque desde esta misma plaza hasta allí hoy no tardamos más de 1 minuto en coche, o 5 de suave paseo, para mis padres, venir aquí en aquella época era todo un viaje que llamaban “subir o bajar al pueblo”. La línea recta no es siempre el camino más corto. Espacio y tiempo juegan al ajedrez. 

Ellos son mis primeros maestros, en todo, y me ayudan a descubrir cómo dar nuevos significados a palabras que nunca se me habría ocurrido combinar. Por ejemplo, mi madrina me contó que “sacar el agua” durante la feria quería en realidad decir “vamos a bajar desde la puerta de la Iglesia de San Lázaro hasta el Chaleco”, en una oscilación armónica entre casetas repletas de muñecas de cartón, turrón y anís. Calle de la Feria arriba. Calle de la Feria abajo. O “montarse en las barcas” por una peseta, como argonautas estrujando los pies contra el suelo hasta hacer crujir las maderas. La travesía terminaba con la tabla por debajo que las hacía encallar en seco. 

Y qué decir de aquel invento fabuloso, el futbolín, que nadie había visto y que pusieron frente al globo en una feria. Todo esto aderezado de personajes dignos del más activo Delibes, como el tío minutos, la tía de los conejos indianos, o el tío pregonero. Nuestros mayores saben bien de quiénes hablo. Si este pregón consigue que después nos contemos estas historias entre nosotros, habrá cumplido su objetivo. Y, por cierto, a este último, el tío pregonero, y por razones obvias, lo considero ya de la familia. 

Quizá todos estos sean los recuerdos del presente que nos cuenta Alfonso Cerón. Ayer mis padres bajaron al pueblo, y gracias a ellos hoy subo yo hoy al balcón. Principio de acción y reacción de Newton, lo que se traduce en que la vida está hecha de amor y casualidad.

¿Pero y yo? Pues ha sido durante estas semanas, desde que los amigos del Cocotazo vinieron a visitarme, cuando he pensado en ello. Me puse a buscar mis recuerdos de niño y fue entonces cuando descubrí que uno de los primeros, sino el primero, está unido a la feria. Y ocurre precisamente aquí, en la plaza del ayuntamiento. Justo donde ahora están las escaleras hacia al aparcamiento. 

Recuerdo muy bien cómo iba montado en uno de los coches de la atracción scalextric, ésa en la que dan vueltas en fila mientras suben y bajan una pequeña cuesta. Sabéis cuál es, ¿verdad? Pues como os decía, ahí iba yo, con apenas tres o cuatro años agarrando el volante con la mano derecha, el codo de la izquierda apoyado en la puerta, mirando por el parabrisas, completamente concentrado en girar el ángulo preciso. Un poquito para acá, otro para allá. Quería hacerlo igual que cuando mi padre nos llevaba en nuestro SEAT 124 verde oscuro. Os lo digo muy en serio, estaba convencido de que era realmente yo quien lo conducía, y que cualquier despiste en la curva podría ser catastrófico. También recuerdo a mis padres, fuera, muertos de risa, aprobando mis dotes como piloto.

Tampoco debo de mirar lejos para descubrir otro punto en esta plaza al que llegué un poco más tarde, cuando con quince años el Lolo me dio el que fue mi primer trabajo: camarero. Así que desde aquel improvisado atril del Lolo II, que sigue estando en la esquinita, junto a Don Croissant, veía cómo levantaban la primera feria de noche. Cómo se llenaba y vaciaba para llenarse de nuevo al día siguiente.

El tiempo pasó y Pepe Baños nos regaló un refugio ideal para los que pasábamos el día en la universidad y las tardes en la biblioteca. A veces, incluso estudiábamos, con el traqueteo de la máquina de escribir que Lorenzo aporreaba en el sótano. 

Ése fue el momento en el que me fui preparando para el día de hoy. Y no porque creyera lo que me decía mi madre (hijo mío, algún día te harán pregonero) sino porque pasé a desempeñar una función indispensable para las fiestas. Sí, yo fui repartidor del libro de la feria. Sigo sin salir de mi asombro que 20 años después haya pasado de ser el repartidor a, literalmente, el repartido, ya que he acabado adornando la edición de este año. 

Aunque he de confesaros esta noche que ya intenté salir en el libro cuando corrí la primera milla urbana con mi amigo Ginés, convertido ahora un trotamundos consumado. Pero el problema fue que aquella primera edición salía de la calle del mercado. Y nosotros hicimos el calentamiento en el Zeppelin. Entre eso, y que para colmo llegamos tarde a la salida, no sabría deciros quién de los dos terminó el último. Habría que buscarlo en el archivo, aunque yo diría que fue él.

La feria nos regala, sin pedir nada a cambio, un elogio a la luz y a la sombra. Así que os voy a decir, ahora que no nos oye nadie, que he presumido mucho de feria de día, secuestrando a compañeros de experimentos y fatigas para que cambiaran la probeta por una compañía muchísimo mejor: mi pueblo en feria. Octubre siempre está siempre marcado en rojo allá donde trabajo, ya sea a 30 ó 3000 km. 

Pero también he hecho lo mismo al caer el sol. La noche debilita los corazones, y las carpas de las peñas es el lugar perfecto para desplegar los sueños de seductor, ya sean los de Woody Allen o los de Humphrey Bogart. Yo también lo hice. Primero escoltado por Mónica (la alhameña) y Rosa. Fuimos tres, uno para todos, hasta que las migas y la feria (siempre la feria) despejaron la última incógnita. Mi Mónica llegó para quedarse. Pasamos a ser cuatro porque Dumas no se equivocaba al contar.

Y este pregón, queridos vecinos, termina por donde los demás empiezan: agradeciendo. Pero no porque sean lo menos importante, sino precisamente por todo lo contrario. Lo voy a leer para no saltarme nada.

Quiero dar las gracias una vez más a quienes me han dado el honor que es estar aquí para pregonar nuestra feria. De verdad que muchas gracias a todos los que componían el comité de sabios, encabezado por la peña el Cocotazo. Y perdona Antonia por hacerte tragar un poquito de helio. 

Muchas gracias a nuestra alcaldesa Mariola, a Piqui, que es alhameño hasta en el ADN, y al resto de la familia del ayuntamiento, que me han abierto las puertas de este balcón.

Y aunque toda lista, por muy larga que sea, es siempre incompleta, no puedo terminar sino dando las gracias a mis padres, que me hicieron alhameño de nacimiento. A mis hermanas Lali y Juani, y mis hermanos injertados, Jorge y Luis, que junto a mi madrina tengo aquí cerca esta noche. Sin olvidarme de mi Gema y mi Lucía. Todos ellos me hicieron y me hacen alhameño de corazón. 

A mi mujer, Mónica, que nació en Fortuna, porque nadie es perfecto, pero que es ya alhameña de adopción. Contigo aprendí que nada se pierde, todo se transforma, y además nos has regalado dos pequeños alhameños, Darío y Julia.

Ellos me recuerdan que todo está por descubrir en la aventura cotidiana.

Queridos vecinos, todo es eterno mientras dura. La vida es ahora y, como dice mi padre, la feria somos todos nosotros. No encendamos la luz hasta mañana. Aprendamos a ponernos, aunque sea brevemente, de acuerdo en algo mientras suena Malvariche de fondo. Ellos llevan 33 años haciéndonos bailar, como 33 ha sido el número del pregonero que ya se despide para bajar del balcón y disfrutar con vosotros de la feria de este año y de todos las demás que vendrán. 

¡Felices hoy y siempre todavía!

¡Viva la feria de Alhama!"

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